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lunes, 2 de febrero de 2015

HOMO SAPIENS EN EUROPA: EL PRIMER GRAN IMPACTO SOBRE LA FAUNA.




Las penínsulas meridionales de Europa, auténticos santuarios de refugio para la fauna templada, que se habían mantenido hasta la llegada de Homo sapiens un tanto al margen de los efectos de la glaciación de Würm (que azotaba con rigor las zonas del centro y norte del continente europeo desde el 100/80.000 B.P.), conocieron en esos quince milenios entre 40 y 25.000 B.P. una serie de cambios que hoy pueden parecer poco significativos, pero que a buen seguro tuvieron en su época proporciones magníficas.
Los estudios del clima de entonces, estratigrafías, capas de hielo, sondeos de los fondos marinos, foraminíferos, microfauna y sobre todo la vegetación, a partir de la Palinología, han puesto de relieve que si a principios de este micro-período tratado (40/25.000 B.P.) se reproducían los efectos moderados del tiempo glaciar entonces vigente, hacia mitad de dicho ciclo, en torno al 35/30.000 B.P., Europa conoció una breve pulsación benigna interestadial.
Una mejora de las condiciones climáticas que dejó las temperaturas medias generales cuatro o cinco grados por debajo de las actuales durante alrededor de cinco milenios, volviendo a cifras muy similares a las de las últimas fases del anterior período interglaciar Riss-Würm.


Olea europaea.
En algunas zonas del sur y el este de España, como la Cueva de la Carigüela y en Cova Beneito (Alicante), esto se traduce en una reaparición en altos porcentajes de los pólenes de Olea europaea, Quercus ilex y Quercus coccifera, típicos del más puro ecosistema termo-mesomediterráneo.
No es de extrañar, pues, que sea en estas fechas cuando observemos por última vez elementos de la gran mastofauna que parecía ya extinta, pero que a buen seguro había permanecido acantonada en zonas apropiadas del sur del continente, como las especies vegetales que vuelven a aparecer en el registro.




Algunas especies faunísticas de clima templado habían ido desapareciendo del registro con el inicio de la última glaciación. Para estas desapariciones o acantonamientos relictos debió influir también, además de la bajada de temperaturas, la coexistencia con otros componentes faunísticos mejor preparados con los que competirían por los recursos.
Bisontes de bosque (B.schoetensacki), tares, muflones, macacos de Berbería, cérvidos Haplodoiceros, osos tibetanos, hienas rayadas o puercoespines, parecen extintos a tenor de su ausencia en los yacimientos del sur de Europa entrada la última glaciación.
Sin embargo, otras especies que hasta hace poco tiempo eran incluidas en este grupo de extinciones provocadas por el inicio del nuevo glaciar de Würm, han sido recientemente localizadas mucho más tarde en algunos yacimientos de las penínsulas meridionales.
Cueva de El Castillo, Cueva de la Silluca (España) y Foz de Exanrique (Portugal) aportan los últimos restos conocidos de elefante de colmillos rectos hace ahora entre 43.000 y  34.000 años, mientras en otros aparecen aún por las mismas fechas los últimos rinocerontes de estepa hace 35.000 años, o los de Merck, hacia 28.000 B.P.
En Grecia, por ejemplo, encontramos también hipopótamos en los yacimientos de Piniós (45/30.000 B.P.) y en la cueva de Dyros (32.000 B.P.).
El mismo gamo, que se creía extinto en España a principios del Würm (entre 90 y 80.000 B.P.), ha sido localizado en el yacimiento de la Cueva de Higueral de Motillas (Cádiz), con restos asociados a la caza del ser humano que suponen una prueba muy difícil de conseguir sobre su supervivencia, aun relicta, en el extremo sur peninsular en época solutrense, durante el máximo glacial de hace 21.000-18.000 años, mientras que al parecer logró llagar hasta época histórica, o incluso hasta el presente, en el sur de Italia, los Balcanes y Anatolia.

Gamo (dama dama)

Leones y leopardos también mantienen sus últimas apariciones en el registro de la zona centro-sur peninsular de Iberia hacia finales de este micro-período tratado, y aún se encuentran hace ahora entre 30 y 20.000 años. Veremos más adelante por qué sí aparecen, sin embargo, en el norte de la península en fechas más tardías.
Como comprenderán, estamos hablando en términos muy relativos, observando una tendencia. Ya sería casualidad que justo los últimos representantes de estas especies aparecieran en los escasos yacimientos estudiados.
Querer ver en esto cuestiones absolutas sería como admitir que dentro de treinta mil años, y en unas supuestas condiciones similares, los arqueozoólogos darían como extinto al lince ibérico muchas centurias si no milenios antes de nuestro presente, dada la imposibilidad de encontrar sus restos en depósitos naturales por ejemplo de nuestro presente, donde tan sólo existen trescientos ejemplares.
Por ello, es posible que muchas de esas otras especies, como muflones, tares, bisontes de bosque, búfalos acuáticos o macacos de Berbería, de los que hasta ahora no se han encontrado pruebas de supervivencia en fechas tan tardías, hayan acompañado al resto de fauna interglaciar hasta tiempos mucho más recientes, solo que sus restos no han podido ser aún localizados.
En estos procesos, como ya he repetido en muchas ocasiones, unos cuantos milenios no pueden ser tomados como sentencias absolutas.

Respecto al hombre de neandertal (Homo neanderthalensis), había aparecido en Europa entre 250 y 230.000 B.P., durante un período interglaciar, el Mindel-Riss.
Como muchas de las otras especies de clima templado que estamos viendo, el neandertal resistió la siguiente glaciación de Riss acantonado en los enclaves meridionales de Europa que le eran propicios (al igual que elefantes de colmillos rectos, hipopótamos y un largo etcétera). Hace unos 150.000 años, en pleno período glaciar de Riss, asistió a la mayor bajada de temperaturas conocida por él hasta entonces (muy similar al máximo glacial del Würm de hace 20.000 años) con una diferencia de casi -10º respecto a la media actual. Sin embargo, como la mayoría de especies de clima templado, superó la adversidad, y con la llegada del interglaciar Riss-Würm de hace 140.000 años recolonizó buena parte del continente europeo.
Perfectamente adaptado a estas circunstancias, el hombre de neandertal contemplaría la llegada de un nuevo período glaciar, el Würm, y como antes sucediera, con el paso de los milenios se replegaría a enclaves propicios donde encontraba una mayor protección al frío; las penínsulas meridionales y los valles y cadenas montañosas de Europa que mantenían los últimos reductos boscosos y le ofrecían refugio en numerosas y abundantes cuevas, cercanas a los arroyos permanentes que  proporcionaban agua. 

Caza cuerpo a cuerpo.
En ocasiones, también cerca del mar, donde podía encontrar otros recursos alimenticios complementarios a la caza selectiva de grandes mamíferos del entorno. Una caza que llevaba a cabo mediante una tecnología y una táctica concreta, a través de pequeños grupos, en emboscadas y utilizando el cuerpo a cuerpo, como sugieren sus armas y las numerosas fracturas óseas descubiertas en sus restos.



Neandertal debía estar preparado para afrontar estos períodos duros de adaptación o escasez de recursos, seguramente a través de un modelo poblacional limitado, en el que pequeños grupos de cazadores mantendrían clanes poco numerosos pero suficientes para evitar la extinción, a la espera de nuevos tiempos de bonanza climática.

Sin embargo estas pulsaciones climáticas, a gran escala y durante períodos de tiempo relativamente extensos, se habían producido ya en el pasado, y nunca supusieron la extinción definitiva de la gran mastofauna, o al menos no de tal cantidad de especies.
De la misma forma que la vegetación templada quedará recluida durante el máximo glacial (21/18.000 B.P.) en zonas meridionales de Europa que incluso hoy se encuentran por debajo del nivel marino, la fauna lo había hecho también en momentos fríos anteriores, como en el máximo glacial del Riss de hace unos 180.000 años, para retornar a sus antiguos dominios mediante recolonización del territorio con la llegada del interglaciar Riss-Würm de hace 140/125.000 años.
¿Por qué en esta ocasión no lo lograron?
La única variable contrastada que encontramos como novedad respecto a períodos anteriores es la aparición del Hombre Moderno, que justamente aparece en un momento crítico de supervivencia relicta de las especies templadas, que, “casualmente”, vemos como arrojan sus últimas fechas de supervivencia en los milenios de llegada de Homo sapiens
Sin duda, la combinación Homo sapiens+momento crítico cercano al pleniglacial, supusieron el primer gran impacto de extinción anormal sobre los grandes mamíferos europeos.

Las formas organizativas de Homo sapiens, en complejos sistemas grupales más numerosos, necesarios para dar caza a animales en entornos abiertos, le permitirían crecer en número muy por encima de neandertal, acostumbrado a sobrevivir en pequeños grupos que no eran capaces de obtener tanto alimento como el que podían aportar las grandes manadas de herbívoros esteparios como renos, mamuts, saigas, bisontes, etc., y esto en definitiva, pudo suponer parte de la clave del éxito. Una superioridad tecnológica, numérica y de obtención de recursos alimenticios de sapiens a lo largo de un período aproximado de 15.000 años que al final superará por adaptación al entorno a la cultura neandertal, sin menoscabo de la cuestión de interrelación entre ambos tipos humanos, que a buen seguro se produjo, para bien y para mal, en numerosas ocasiones.

Hombre de neandertal (Homo neanderthalensis)
 
Homo sapiens, a través del tecnocomplejo Auriñaciense primero, y Gravetiense, después, irá ocupando Europa desde hace 45/40.000 años, y desde al menos 38.000 B.P, se instalará en la totalidad de la Península Ibérica de forma permanente, aumentando poblaciones y presionando sobre el entorno. Un entorno frágil, en un período crítico de supervivencia, adaptado durante decenas de miles de años a convivir sin tan magnífico depredador.
Ni siquiera podemos afirmar con rotundidad que su aparición, como parece sugerir la evidencia fósil de neandertales con caracteres modernos de la Cueva de las Palomas, no haya sido anterior, aun cuando no esté vinculada a industria auriñaciense, puesto que la adscripción de industria lítica presenta mucha controversia, al haber sido empleado el musteriense por ambos tipos humanos.

La nueva estepa fría, plagada de recursos cárnicos para quien supiera adaptarse a ella, debió de ser el medio en que H.sapiens se vio impulsado a desarrollar una nueva industria y tecnología para la supervivencia, en un medio extremo, más castigado que el del Próximo Oriente.
De este modo, incluso beneficiado por conocimientos neandertales que eran los mejor adaptados al entorno desde hacía milenios, pero innovando a la vez otros propios debido a la necesidad (como pudieran ser los propulsores de venablos, las lanzas ligeras y los campamentos estacionales al aire libre, similares a los tipis de los indígenas americanos), la adaptación de sapiens fue tan perfecta que apenas le resultaron necesarios unos pocos milenios para habitar Europa, de este a oeste, mientras que neandertal aguantaba como podía en sus cada vez más escasos enclaves boscosos.
Una de las diferencias que podrían permitirnos comprobar el alcance de esta cuestión es la estructura de las técnicas caza de ambos tipos humanos entonces existentes. 

Llevando al mamut a una emboscada.
Si el modus operandi del Neandertal, nos indica claramente la emboscada para la caza cuerpo a cuerpo con el animal, la estrategia del Hombre Moderno ha quedado demostrada en depósitos de fósiles de especies como el caballo, que era conducido en manada hacia los acantilados para caer en trampas naturales que podían terminar, de golpe, con decenas de ejemplares, al igual que la etnoarqueología moderna parece confirmar que las armas arrojadizas, desde cierta distancia, y con técnicas de caza muy planificadas, de emboscada, incluso empleando el fuego, que eran llevadas a cabo por la unión de numerosos componentes de diversas tribus, podían acabar con cientos de ejemplares de especies animales en unas pocas jornadas de caza en determinados períodos estacionales.


Si no podemos constatar que neandertal fuera masacrado directamente por sapiens a través de prácticas bélicas, sí podemos intuir que la competencia aumentaría de forma tan espectacular que dejaría pocas opciones de supervivencia al primero, que poco a poco, a través de diez mil años de coexistencia, vería como sus territorios iban siendo ocupados de forma efectiva por el segundo.
Lo que sí sabemos a día de hoy, en cualquier caso, es que los últimos neandertales sobrevivieron en refugios climáticos templados del sur de la Península Ibérica hasta hace unos 30.000 años, como Columbeira, Cova Negra, Salemas o las distintas cuevas de Gibraltar, y hasta no mucho antes, se les podía también encontrar en el norte de España (Esquilleu 34.000 B.P.), por lo tanto, cierto contacto con el sapiens moderno tuvo que producirse también aquí con total seguridad.
Y lo que también conocemos hoy, con seguridad, es que los humanos modernos, más allá del África subsahariana, mantenemos entre un 2 y un 4% de genética neandertal, probando así el cruce interespecífico.
A veces podemos fijarnos en la Historia más reciente para observar modelos que nos ofrecen una pincelada de lo que pudieron ser procesos similares en épocas pasadas.
El encuentro de dos mundos aislados durante milenios se produjo hace ahora unos quinientos años con la llegada de los primeros europeos al continente americano. En sus primeras fases la convivencia pudo resultar más fácil, dado que eran pocos los recién llegados. 
Causarían sensación, curiosidad, y como resultarían poco problemáticos, se llegaría a momentos puntuales de relaciones sociales de conveniencia, que en las películas estamos acostumbrados a ver, por ejemplo, en los primeros cazadores y buscadores de pieles que se adentraban en el Lejano Oeste y que comerciaban con los indígenas llegando a integrarse incluso en sus poblados, adoptando sus costumbres y prácticas o manteniendo descendencia con los locales, a la par que aportando innovaciones tecnológico-culturales.
Pero al final, estas avanzadillas fueron el inicio de una colonización masiva posterior del territorio que terminaría por imponer su cultura dejando al elemento indígena prácticamente arrinconado.
Esa etapa inicial bien podría ser equivalente a las primeras fases del período Auriñaciense, que en nuestra Península no llegaría a tener un impacto devastador en sus inicios.
Sin embargo, avanzado el Auriñaciense, y afianzado el Gravetiense, datado de forma convencional entre 30.000 y 22.000 B.P., éstos supondrían ya fases de una colonización de mayor calado a nivel peninsular. 

Peñón de Gibraltar, en el extremo sur de la Península Ibérica.

Pero, en este caso concreto de especie, ¿podríamos asegurar que sapiens exterminó a neandertal a través del conflicto interespecífico?. En mi opinión, y por lo poco que sabemos actualmente, no debió de ser exactamente así.
Sapiens aprovechó ciertas ventajas organizativas, reproductivas y tecnológicas, ocupando los espacios que neandertal iba dejando vacíos, como sucedió en sucesivos relevos temporales de tantas y tantas especies que estaban quedando recluidas en las penínsulas meridionales y daban paso a nuevos inmigrantes provenientes de Asia a través de Europa Oriental.
¿Habría momentos de competencia y conflictos?, seguro que sí, ¿los habría de convivencia y aporte genético y cultural?, también.
Por tanto, la pregunta debería ser reformulada; ¿extinguió sapiens a neandertal?, y aquí la respuesta sería: Sí.
Los últimos neandertales desaparecieron porque eran muy escasos en esos momentos de adaptación y se vieron superados por las oleadas sapiens, que terminaron ocupando el territorio que debía de haber recolonizado neandertal, pero a buen seguro, éstos nos dejaron como herencia una parte muy importante de su legado, no sólo genético, sino cultural.



El Gravetiense supuso pues la culminación de un proceso de cambio que llevó a un nuevo tiempo en Europa.
Y es que, a pesar de que se reconocen, como es lógico para tan amplio espacio no sólo geográfico sino temporal, multitud de tradiciones o derivaciones del tecnocomplejo, con ciertas diferencias, el Gravetiense ha sido considerado desde siempre, por los autores más versados en el tema, como la primera gran Cultura Paneuropea, al menos con una base o tradición común a la mayor parte del continente, y adscrita con total certeza como exclusiva de Homo sapiens, desde la Península Ibérica a Bélgica, por el oeste, y hasta Ucrania y Rusia, por el este.

Venus de Lespuge, Pirineos franceses.
Entre sus innovaciones más características están la punta de la Gravette, que dio nombre al tecnocomplejo, y son muy frecuentes los buriles y azagayas, así como la evidencia de construcción de estructuras habitacionales al aire libre. Aparece también con mayor significación el arte, en los primeros objetos de hueso decorados, y cómo no, a través de las pinturas rupestres y de las famosas venus paleolíticas.
Las venus, talladas en hueso, asta o madera, evidencian una tradición común de culto a la feminidad desde el Pirineo hasta Siberia que, lejos de estar evocando la exaltación de los atributos sexuales femeninos a modo de actuales "revistas eróticas", como algunos han llegado incluso a proponer, deben ser mejor entendidas a mi modo de ver como la representación de la deidad suprema de la época, la Diosa Madre, La Madre Naturaleza, el principio de la fecundidad.




Pero este controvertido tema del arte, y su influencia e importancia en las sociedades del momento, serán tratados de forma más pausada en otro capítulo posterior.

En definitiva, y atendiendo al tema del impacto humano sobre las especies que hoy nos ocupa, podemos entrever claramente que las nuevas prácticas depredadoras de Homo sapiens, en unos entornos donde ciertas especies de ámbito interglaciar quedaban recluidas de forma relicta, supondrían, sin duda, una ayuda significativa a la extinción final de las mismas por la unión de diversos factores negativos, algo que no ocurrió en ninguna otra fase anterior, ni tampoco en ese mismo período con las especies de fauna fría, bien preparadas para afrontar su fase climática propicia.










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